domingo, 16 de octubre de 2011

el agua



La palabra sólo es palabra cuando sangra,
y así ensangrentada y moribunda ha de fundirse con
el hueco sobrante entre anatomía y anatomía.
Una palabra que no sangra no merece ni ser pensada.

Y ahora,
este bloqueo del verbo en la garganta,
una putrefacción del hambre que empezó en el meñique
y acabó royendo la corteza cerebral.
Yo alabo los sonidos orgánicos que surgen del roce del hueso
con el mundo. Es un milagro poder babear y no ser capaz, sin embargo
de fotosintetizar la luz. Me encanta ser mamífero y no vegetal.
Los paisajes bucólicos, y la ballena varada,
los tristes, las sardinas, los fluidos vivos:
considero sagrado todo aquello que produce hedor.

Pero, estos vocablos ahora son peludos.

Me siento insana,
arrancaré el cuerpo del pensamiento con cierta perplejidad ,
pues, nadie me ha enseñado a no ser.
Quedarme calva o desnuda
para poder, finalmente,
esquilarle el vello a la palabra.  

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