viernes, 23 de mayo de 2014

El polvo del suelo y las hostias sagradas

Se oyen las campanas. 
Es el canto de las piedras
que le rezan a la virgen
que parió pagando el peaje del placer. 

Una virgen obesa y de brazos firmes
para consolar las gargantas desgarradas. 
Una virgen con las manos secas de pelar cebollas
y de deshojar margaritas. 

Una virgen que ha construido su hogar con sus propias manos 
y que se parte el pan con los dientes y que se raspa las angustias
de la tráquea mediante una tos de perro anciano. 

Una virgen de voz ronca que se ríe a carcajadas 
en la cara de la muerte. 
Una virgen de grandes pechos 
donde reposar las cabezas borrachas de veneno
y de hastío y de miedo y de hojarasca. 

Una virgen fértil que ha sido la matrona 
de todos los hijos nacidos del temblor. 

Una virgen hecha de trigo y de sal, 
hecha del sudor del campo, 
del camino escabroso donde los pies vomitan su rabia. 
Una virgen hecha de ampollas 
y de la saliva de aquellos que reclaman entre alaridos, 
su derecho a ser amados.  
Una virgen que huele a vino y que hace la colada 
mientras canta canciones de la guerra. 

La más pura de todas las vírgenes es esta, 
que ha lamido tantas pieles como le ha dado la gana. 
Esta virgen que se ha abierto en canal para fundirse con la materia viva. 
Esta virgen ha hecho estremecerse de amor a la luna. 
Esta virgen se sorbe los mocos cuando llora
y se masturba cada noche evocando triples penetraciones. 







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